Tarde o temprano cae la lluvia, gentuza. La lluvia que permite purgar a a la Santa Tierra de los infieles, a los que hablan lascivamente, a los impíos; la lluvia que pronostica Dios, la lluvia que da esperanzas a nosotros, los creyentes... ¡¡¡OH DIOS... DIOS!!!...
Perdón, tuve un lapsus con mi fundamentalista interior. Vuelvo a lo mío: la lluvia cae, tarde o temprano. Hablando por boca de mi hermano del alma, "mierda, cayó la lluvia". Pero la verdad es que la lluvia es excelente. No solamente sirve de baño para los reacios a la ducha y baños de inmersión como yo. Es agua de arriba, es agua en todo su esplendor, es materia en estado líquido que cae para enfriarle el termostato de más de un neurótico, para calmar a más de un estresado emocional, para revitalizar más de un deshidratado, para lubricar a más de un constipado...
En fin, esta breve oda a la lluvia nace en base a mi experiencia con la lluvia durante toda mi vida. Ha sido desde siempre la que cae de arriba para abajo, sin haber subido antes de la misma manera en que cae. Consiguió siempre eximir mi espíritu, además de hacerme cambiar de ropa y/o pescar las más envidiables rinitis. La lluvia es la eterna emperatriz que casi nunca se presenta en los desiertos, pero cuando lo hace causa el revuelo más impresionante. Consiste en la unión de los elementos más importantes para el universo y para nosotros, esparcida por el viento para alcanzar la cima de nuestras cabezas... o el fondo que representa el suelo que toca. La lluvia es, desde tiempos recónditos, la alegría de los agricultores curtidos por los climas menos afables, es el júbilo de las flores que tras pasar tormentos con el rocío ven llegar a su más amada amante.
Loas a la lluvia, manceba de los poetas que miran a lo alto del firmamento y sufren viendo luz de un oscuro Sol que descaradamente se presenta, pero se deleitan con nubes que anuncian la llegada de su húmeda y encomiable musa. Somos, los que gustan de la lluvia, cofrades anónimos que rinden pleitesía a esta Diosa.
domingo, 31 de enero de 2010
martes, 26 de enero de 2010
seudofrases redundantes y oníricas hasta el asco.
Toco sólo lo que puedo ver. Si fuera ciego, podría ver aún con las yemas de los dedos.
El nivel de nacionalismo se mide en base a la necesidad de espacio vital de sus habitantes.
La xenofobia viene a ser una medida de cálculo del odio.
El ser humano no nació para escuchar y acatar exigencias de arrogantes de la vida. He dicho, no se hable más.
Dos personas se llevan de forma perfecta en la medida en que una de ellas emule a la otra.
El nivel de nacionalismo se mide en base a la necesidad de espacio vital de sus habitantes.
La xenofobia viene a ser una medida de cálculo del odio.
El ser humano no nació para escuchar y acatar exigencias de arrogantes de la vida. He dicho, no se hable más.
Dos personas se llevan de forma perfecta en la medida en que una de ellas emule a la otra.
lunes, 25 de enero de 2010
Vuelo vespertino
El otro día me tiré por la ventana. Sí, lo hice. Tomé valor, unas cuantas copas de whisky y me tiré por la ventana. Precisaba echar vuelo, esta habitación es muy pequeña para mis ambiciones cotidianas. Entonces me tiré y desplegué mis alas. Mi familia me decía que no eran alas, sino brazos. Jamás les creí. Lo bien que hice en no creerles. Ahora vuelo como nunca antes había volado.
Brazos? Ilusos...
Brazos? Ilusos...
viernes, 15 de enero de 2010
En sueños.
De cuando en cuando protagonizo los sueños en los que Morfeo me sumerge. Son episodios de una vida paralela a la que vivo en vigilia, ese tipo de vida que me impide levantar vuelo de la manera que quiero. En esa vida involuntaria es un subterfugio escapista. Desde mi nacimiento hasta mi muerte onírica, logro acariciar el velo celeste que recubre el techo lejano al suelo. Suelo que abandoné de un simple, espléndido salto.
Toco el velo celeste y termino quebrándolo, dejo de ver su color original, para visualizar más allá del techo que atravesé al mismo tiempo que el velo. Puedo presenciar un acto de heroismo en los brillantes astros, los cuales hacen que el vacío negro tome un color más azulado, más frío. Estas estrellas ejercen un vilipendio para con el vacío tal que éste termina por aparecer. La luz astral permite vislumbrar arriba mío una falda blanca y unos rizos blondos. A todo esto sigo ascendiendo lenta pero inexorablemente.
Entonces es cuando el remanso se vuelve revolución, los rizos se esparcen por todo el vacío, convertido en cielo estrellado y azul. El altar se desmorona en forma parsimoniosa: es en ese momento en que quedo estático, sin poder subir ni bajar ni mover mi imaginario cuerpo de liebre. Quedo como una saeta con dirección hacia arriba, pudiendo ver los escombros y los rizos que se disgregan cada vez más, ocupando progresivamente un espacio más grande. La bola de fragmentos ilusorios y sagrados se transforma en un círculo perfecto. Esa pelota inorgánica comienza a descender hacia mí de manera veloz. Desesperado, trato de moverme para abajo, sin éxito. La pelota continúa su caída libre y llega a milímetros de mi nariz. Casi pude sentir que mi cabeza se fundía con la pelota. Y es así como empiezo a bajar lentamente por donde vine.
Al bajar piso el techo del cuarto donde mi sueño me dio a luz. Bajo por el boquete en el cielorraso. El cielo empieza a reoscurecer y las estrellas caen hacia la pieza, como perlas puras, más blancas que el blanco más blanco del mundo real. puedo sentir que me recuesto en el suelo, la tierra me recibe de nuevo con su calidez única. Y respiro por última vez en mi vida horizontal, para abrir los ojos y darle paso a lo que viene. Nunca será perfecto, pero al menos será de verdad.
Toco el velo celeste y termino quebrándolo, dejo de ver su color original, para visualizar más allá del techo que atravesé al mismo tiempo que el velo. Puedo presenciar un acto de heroismo en los brillantes astros, los cuales hacen que el vacío negro tome un color más azulado, más frío. Estas estrellas ejercen un vilipendio para con el vacío tal que éste termina por aparecer. La luz astral permite vislumbrar arriba mío una falda blanca y unos rizos blondos. A todo esto sigo ascendiendo lenta pero inexorablemente.
Entonces es cuando el remanso se vuelve revolución, los rizos se esparcen por todo el vacío, convertido en cielo estrellado y azul. El altar se desmorona en forma parsimoniosa: es en ese momento en que quedo estático, sin poder subir ni bajar ni mover mi imaginario cuerpo de liebre. Quedo como una saeta con dirección hacia arriba, pudiendo ver los escombros y los rizos que se disgregan cada vez más, ocupando progresivamente un espacio más grande. La bola de fragmentos ilusorios y sagrados se transforma en un círculo perfecto. Esa pelota inorgánica comienza a descender hacia mí de manera veloz. Desesperado, trato de moverme para abajo, sin éxito. La pelota continúa su caída libre y llega a milímetros de mi nariz. Casi pude sentir que mi cabeza se fundía con la pelota. Y es así como empiezo a bajar lentamente por donde vine.
Al bajar piso el techo del cuarto donde mi sueño me dio a luz. Bajo por el boquete en el cielorraso. El cielo empieza a reoscurecer y las estrellas caen hacia la pieza, como perlas puras, más blancas que el blanco más blanco del mundo real. puedo sentir que me recuesto en el suelo, la tierra me recibe de nuevo con su calidez única. Y respiro por última vez en mi vida horizontal, para abrir los ojos y darle paso a lo que viene. Nunca será perfecto, pero al menos será de verdad.
miércoles, 13 de enero de 2010
El dolor vestido.
Sube por la faringe y se esparce como espuma en el agua, como agua en la esponja. El dolor constituye la mejor arma física y sicológica del mundo, nadie puede eludir el dolor, mucho menos cuando se viste de gala para la ocasión.
Deja vacío todo afán de superación, carcome el autoestima, provoca la inestabilidad del alma y quiebra todo optimismo posible. Utiliza cada segundo posible sólo para dejarte estupefacto ante la inherente sensación de que no estás bien. Y no deja de existir jamás, transformándose en odio y materializándose en violencia.
Estruja la caja torácica hasta casi exprimir y expulsar las vísceras; hace que el buen humor se esconda y la palabra hablada muera; exhorta a las lágrimas a brotar; convierte a los soñadores de colores brillantes en daltónicos. Y todo esto ocurre en minutos y, aún, segundos. El dolor es una sensación temiblemente posible, factible y naturalmente recurrente.
Todo dolor tiene estas fases, el dolor de la ida, el dolor de la separación, en dolor de la pérdida, el dolor de la espera cuasi eterna, el dolor de lo profundo, el dolor de muelas. Todo dolor las tiene.
Y al final voy caminando a recibir más dolor, para merecer así el cielo que me debiera tocar en la Tierra y que por alguna razón puedo tan sólo soñar con él.
Deja vacío todo afán de superación, carcome el autoestima, provoca la inestabilidad del alma y quiebra todo optimismo posible. Utiliza cada segundo posible sólo para dejarte estupefacto ante la inherente sensación de que no estás bien. Y no deja de existir jamás, transformándose en odio y materializándose en violencia.
Estruja la caja torácica hasta casi exprimir y expulsar las vísceras; hace que el buen humor se esconda y la palabra hablada muera; exhorta a las lágrimas a brotar; convierte a los soñadores de colores brillantes en daltónicos. Y todo esto ocurre en minutos y, aún, segundos. El dolor es una sensación temiblemente posible, factible y naturalmente recurrente.
Todo dolor tiene estas fases, el dolor de la ida, el dolor de la separación, en dolor de la pérdida, el dolor de la espera cuasi eterna, el dolor de lo profundo, el dolor de muelas. Todo dolor las tiene.
Y al final voy caminando a recibir más dolor, para merecer así el cielo que me debiera tocar en la Tierra y que por alguna razón puedo tan sólo soñar con él.
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