De cuando en cuando protagonizo los sueños en los que Morfeo me sumerge. Son episodios de una vida paralela a la que vivo en vigilia, ese tipo de vida que me impide levantar vuelo de la manera que quiero. En esa vida involuntaria es un subterfugio escapista. Desde mi nacimiento hasta mi muerte onírica, logro acariciar el velo celeste que recubre el techo lejano al suelo. Suelo que abandoné de un simple, espléndido salto.
Toco el velo celeste y termino quebrándolo, dejo de ver su color original, para visualizar más allá del techo que atravesé al mismo tiempo que el velo. Puedo presenciar un acto de heroismo en los brillantes astros, los cuales hacen que el vacío negro tome un color más azulado, más frío. Estas estrellas ejercen un vilipendio para con el vacío tal que éste termina por aparecer. La luz astral permite vislumbrar arriba mío una falda blanca y unos rizos blondos. A todo esto sigo ascendiendo lenta pero inexorablemente.
Entonces es cuando el remanso se vuelve revolución, los rizos se esparcen por todo el vacío, convertido en cielo estrellado y azul. El altar se desmorona en forma parsimoniosa: es en ese momento en que quedo estático, sin poder subir ni bajar ni mover mi imaginario cuerpo de liebre. Quedo como una saeta con dirección hacia arriba, pudiendo ver los escombros y los rizos que se disgregan cada vez más, ocupando progresivamente un espacio más grande. La bola de fragmentos ilusorios y sagrados se transforma en un círculo perfecto. Esa pelota inorgánica comienza a descender hacia mí de manera veloz. Desesperado, trato de moverme para abajo, sin éxito. La pelota continúa su caída libre y llega a milímetros de mi nariz. Casi pude sentir que mi cabeza se fundía con la pelota. Y es así como empiezo a bajar lentamente por donde vine.
Al bajar piso el techo del cuarto donde mi sueño me dio a luz. Bajo por el boquete en el cielorraso. El cielo empieza a reoscurecer y las estrellas caen hacia la pieza, como perlas puras, más blancas que el blanco más blanco del mundo real. puedo sentir que me recuesto en el suelo, la tierra me recibe de nuevo con su calidez única. Y respiro por última vez en mi vida horizontal, para abrir los ojos y darle paso a lo que viene. Nunca será perfecto, pero al menos será de verdad.
viernes, 15 de enero de 2010
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